Balcón de ciudad


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SUSANA VERGARA PEDREIRA
Era la vieja plaza del pan pero se pagó con los impuestos del vino. Cuarenta maravedíes por cada cántaro que se vendiera en la ciudad. Debieron de tener mucha sed pues se construyó en tiempo récord. Era el reinado de Felipe V.

Antes de ser como es fue lugar de trabajo de los panaderos de la ciudad. De siempre tuvo fama el pan leonés. Aquí se hacía en hornadas de hogazas de a ocho libras. Tierna y blanca la miga, cocida la corteza. Caliente y recién hecha. Como gusta en estas tierras.

Hornos donde hubo un incendio que arrasó casas y calles y se extendió de manzana en manzana hasta acabar casi con la barriada. Se estremecen las crónicas de aquel 1654 al recordar el pavor el fuego.

Sobre aquellas cenizas se levantó, al gusto de la época, una plaza porticada de empaque señorial. No dio más de sí el perímetro del solar y quedó recoleta, menos monumental que otras a las que dicen que imitó. Y sobre el terreno trapezoidal, convenientemente expropiado a Bernardo Castañó y Villafañe, al que la ciudad trataba de don, y al Mayorazgo de los Tenorio, se diseñaron espacios abiertos y cerramiento de pórticos y arcadas. Todo en dos tiempos. El primero en 1672, con firma del padre Antonio Ambrosio. La segunda en 1677 con planos de Franscisco del Piñal.

Rodeada la plaza por hileras de casa de dos pisos, se decidió que el primero peemaneciera para siempre unido por una balconada corrida. Y para agilizar las obras, se pagó con dinero municipal a cada vecino que construyera un arco de su casa, 6 escudos de ayuda por orden del corregidor Fagoaga. El edicto llevaba imposición incluida. No se pagaría la ayuda si la obra «no estuviera lucida» para el último día de septiembre de 1677. Y estuvo.

Quedaron impresionados los leoneses de la época. Sesenta arcos de belleza y un nuevo Consistorio para sustituir a la Casa de la Panadería, en el lugar donde se vendía de siempre el mollete leonés para rellenar el menú.

Se lució Pedro del Hoyo en el proyecto de Francisco del Piñal, cuatro mil ducados por la sobria construcción barroca que más que destinada a la vida pública estaba concebida para el disfrute de los munícipes y sus esposas.

Así fue como se alzó la casa más estrecha de la ciudad, pues sólo importaba su balcón, una especie de palco municipal donde se reunían en días de fiesta, y toros, las autoridades de León. Un palacete para lucir desde lo alto, balcones de lujo que se sortearon un 15 de julio. Los más altos, a la derecha, para las esposas del alcalde y los caballesros capitulares. Al otro lado, las madres, hijas y hermanas de los munícipes. En el primero, gentes de menos relevancia social, Y bajo ellos, los labradores y la guardia municipal con la librea de la ciudad, la espada, los chuzos, que mejor que cayeran de punta, y los paveses.

Pasada la corrida, la ciudad tomó el coso urbano y lo convirtió en cita del comercio. Se convirtió así la Plaza Mayor en corazón de León. Se alojó allí el mercado de los huertanos, que se citaba ya desde el siglo X, con los industriales del lujo de la ciudad. Y así fue como la ciudad fue tapando la historia del lugar como lugar de ajusticiamiento hasta que los huesos dieron con salir al aire durante la construcción de un aparcamiento. Corría ya el siglo XX.

El lugar que fue cita para el levantamiento contra Napoleón y la adhesión a Fernando VII, sin saber qué depararía el futuro, y sitio para el agasajo al populacho, pues desde la balconada, la misma donde ahora se presencian procesiones, tiraban los poderosos regalos, golosinas y calderilla a modo de confeti.

Sigue palpitando León en la plaza que llevó mil nombres pero que el pueblo que la levantó ha llamado siempre, con razón, la Plaza Mayor.

nevadona interior

Foto: BRUNO MORENO