De viaje a… Cistierna


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La llegada del ferrocarril marcó un antes y un después en el desarrollo de Cistierna. Toda una revolución industrial que hoy queda reflejada en su museo ferroviario.
La olla  ferroviaria es un artilugio rudimentario de metal que daba de comer a los ferroviarios del ferrocarril de La Robla que se convertían en cocineros de lujo en los trenes y estaciones. Fue en el tren de La Robla (ferrocarril  Bilbao-La Robla), inaugurado en 1894, donde  se guisó la primera olla ferroviaria por parte de los sufridos maquinistas, fogoneros y  guardafrenos de la época. Hoy responde a una finalidad muy distinta y está presente en muchas fiestas y eventos de carácter culinario, como el que celebra Cistierna cada año.  JESÚS F. SALVADORES / CAMPOS

R. BERROCAL

Unir La Robla con Valmaseda cambió para siempre el devenir de los acontecimientos en Cistierna. Un convulso siglo XIX tocaba a su fin y la localidad leonesa a punto estaba de vivir su particular revolución industrial. De pronto el paso a seguir se marcaba sobre dos raíles, a un ritmo jamás visto antes por aquellos lares. Robarle el ‘oro negro’ a la montaña era ya casi una religión entonces, hoy... Quizá no sea más que un bello recuerdo, una especie de Purgatorio para quienes vivieron los tiempos de gloria. Cistierna presumía de ser ciudad ferroviaria —y no era para menos—. Situada en el punto kilométrico 54,27 del nuevo ferrocarril, la estación de Cistierna, localidad que contaba con apenas 500 habitantes, se iba a convertir en el espacio a través del cual una comarca entera cambiaría su forma de comunicarse con el mundo.

El carbón encontraba ahora otra salida hacia el norte del país. Y mientras los recursos naturales dejaban atrás su patria, las calles de Cistierna se llenaban de nuevos vecinos dispuestos a dejarse la piel. Todo crecía a un ritmo endemoniado. De pronto el pueblo se multiplicó al abrigo de talleres, básculas, oficinas de gestión genérica de la línea... Pero no siempre sobreviven las perdices más allá de la felicidad y pronto la decadencia del sector enterró muchos sueños gestados por la noche, junto al fuego. Tras años de crisis, tocaba reinventarse y asumir que los oficios históricos iban a ir a menos.

De todo aquello quedan hoy el Museo el Museo de la Siderurgia y la Minería en Sabero, el Centro de Interpretación sobre el propio ferrocarril de La Robla en la localidad cántabra de Mataporquera y el Museo del Ferroviario en Cistierna. Este último se ubica en el antiguo economato del Ferrocarril de La Robla-Bilbao. El edificio alberga un amplio conjunto de objetos que acompañaban la vida de los trabajadores del ferrocarril, desde el montaje de las vías del tren a la oficina del Jefe de Estación. En otra sala, de audiovisuales, se presenta una muestra de fotografías que ya son historia del ferrocarril y una proyección que resume los más de 100 años de vida del Ferrocarril Hullero. El museo se completa con el taller de reparación de locomotoras, que en sus inicios estaba diseñado y pensado para la reparación y construcción de piezas para las máquinas de vapor. Años más tarde se dedicaría a construir y adaptar vagones de chapa utilizados para el transporte de carbón. Conocer el museo y su entorno es otra forma de empaparse de la historia de Cistierna. Historia que por cierto aún tiene muchos episodios por escribir.