De viaje a…
El Burgo Ranero


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Lo atraviesa el Camino de Santiago, que convierte su calle  Mayor en Ruta Jacobea, origen de todo, punto neurálgico de una localidad de artesanos y comerciantes crecida al amparo del auge de la gran ruta de peregrinación. Tiene historia este burgo en el que fue fácil escuchar croar a las ranas y admirar la naturaleza silvestre en sus charcas y lagunas. Es tierra fértil que reza por el agua divina y se encomienda a sus históricas rogativas. Es zona de paso en la que merece la pena quedarse y dejar que goce la vista y el gusto con los bienes de la tierra servidos en el plato.

S. VERGARA PEDREIRA

Cuentan que fue la naturaleza quien cambio el nombre a este burgo crecido a la sombra de Sahagún, que fue la fauna la que logró su independencia del gran centro logístico del tramo llano del Camino de Santiago. Un núcleo crecido en un entorno en el que la lluvia creaba charcas y lagunillas, fuentes y carrizales. Podría parecer mentira, en plena sequía, pero ahí está su laguna para atestiguarlo. Agua entre espigas, entre la extensión inmensa, entre el paisaje que convierte en mínimo todo lo que alcanza.

Es testigo mudo el burgo y su laguna del paso milenario de peregrinos. Es testigo mudo aunque la naturaleza hable allí en voz alta, con el viento, con el roce del camino, con el croar de sapos y ranas que le pusieron apellido al pueblo.

De ahí viene su nombre, El Burgo Ranero. De ahí o quizá del de su fundador, que la historia escribe como Ranarius. Es tierra esta de vieja historia, ligada a la ruta que lleva a Santiago, sacrificio de hombres, entrega de voluntades. Es tierra de viejas leyendas ligadas a lobos que asaltaban a los caminantes.

Cuentan los legajos que en 1126 ya había quien escribía de este burgo, el lugar donde se establecieron comerciantes y burgueses, llamados quizá por la prosperidad del gran camino que llegado de Europa atraviesa este páramo, artesanos que se expandieron tal vez desde Sahagún para hacer fortuna en la nueva vía de conocimiento y tradición.

Atraviesa la Ruta Jacobea el pueblo por su mitad, pues es camino su calle Mayor, el origen del municipio, el lugar donde todo se creó.

Fue cuna de hombres ilustres y paso de miles de peregrinos en busca de la luz, allá, al final, donde decían que la Tierra llegaba a su final.

Debería el caminante adentrarse en la piedra vieja de El Burgo Ranero y detenerse en su núcleo, declarado Conjunto Histórico en 1962. O dejarse bendecir en su iglesia, dedicada a san Pedro, que custodió una bellísima imagen de la Virgen, una delicada talla románica que ahora se deja ver en el Museo Catedralicio de León, a salvo quizá de tentaciones, salvada de hurtos que han diezmado durante siglos el patrimonio de esta tierra.

Que es lugar de culto y cultivo queda patente no sólo en su templo, también en su paisaje y en su vida diaria. Y en sus rogativas pidiendo lluvia divina para germinar los campos. Y si puede el caminante, párese y deguste los bienes de esta tierra llevados al plato.

ACACIO / SECUNDINO PÉREZ