De viaje a… Villamañán


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La plaza porticada de la Leña, donde se han celebrado grandes mercados, la ermita de la villa, donde se apareció la Virgen en una zarza, la iglesia, que conserva un rico patrimonio artístico  y una de las casonas de la localidad.

SUSANA V. PEDREIRA

Es la naturaleza caprichosa en la tierra de la vieja Villamagna, tanto que en una explanada creó paisajes diferentes. La vega regada por el Esla, la llanura del Páramo y los cerros de arcilla. Con esos caprichos moldeó la tierra el hombre y la adaptó a su necesidad. Hizo huerta en el cauce, abrió canales para llevar el agua, sembró de vides el horizonte y en la pequeñas lomas arcillosas excavó bodegas para proteger el otro líquido sagrado.

Igual de caprichosa es la historia con su nombre, tanto que a falta de una explicación, hay al menos dos. Le gusta contar a la historia la historia de que del mismísimo san Marcelo, del centurión romano , su mujer y sus doce hijos, todos mártires, desciende la casa de los Flórez de Villamañán. Y aunque no hay evidencia escrita, quién se atrevería a llevar la contraria a la leyenda que se remonta al emperador Diocleciano, hasta sería normal que no quedaran rastro de papeles de aquellos tiempos, allá por el siglo IV.

La otra crónica habla de un hombre, Mannan, el primer colono mozárabe que se habría asentado en esta tierra en la época de la repoblación. Él, y otros como él, han dejado hasta nuestros días su huella en forma de toponimia sobre los lugares en los que hicieron grandes sus ‘vilas’, sus ricas explotaciones agrícolas. Así que de ahí, quizá, Villa Mannan.

De eso sí hay documento escrito. Y antiguo. El 20 de mayo del 905, un legajo da fe de que el rey Alfonso III dona a la iglesia de San Salvador de Oviedo multitud de posesiones, entre ellas Villa Mannan, que tenía por aquel entonces ya entidad propia.

Su importancia territorial se ha mantenido aunque nada en la provincia es ajeno al declive de los tiempos. Y aún así, mantiene la Villa Magna intacta su belleza. En los campos llenos de vides, en la huerta fértil que fecunda el Esla y sus canales y en los pórticos de sus plazas.

Un paseo por Villamañán permitirá al viajero descubrir sus plazas cubiertas, porticadas, resguardadas con soportales donde se celebraban a salvo de la intemperie los grandes mercados de la zona. Sigue siendo así la Plaza de la Leña y la Plaza Mayor. Sobre la llanura se alza la gran torre de la iglesia, que ha sobrevivido al empeño de los hombre de acabar con ella. En justa venganza, es el emblema del pueblo. Si hay tiempo, conviene adentrarse en el templo para contemplar la talla de San Salvador y el retablo del XVIII con esculturas de Diego Solís, el reloj, las campanas, el púlpito y la sillería que trajeron del desmantelado monasterio de San Pedro de Eslonza. Se puede ampliar el paseo hasta la ermita de La Zarza, a las afueras, levantada en honor a la patrona del pueblo allí por orden mismo de la Virgen, según reza la leyenda. O hasta el ‘puente de los veinte ojos’, construido en ladrillo en la antigua carretera nacional, o a las bodegas para el prieto picudo arañadas al barro hecho tierra.

En Villamañán villa de festejos. A los tradicionales se une en estos tiempos el Festival de Jazz, todo los septiembres, una cita irrenunciable para escuchar buena música. Pero no hace falta esperar a que acabe el verano. Es buena época ahora, en Semana Santa, para vivir de cerca las procesiones y los ritos del Jueves y Viernes Santo. Aunque la villa, sus costumbre, arte, paisaje y gastronomía esperan al viajero en cualquier época del año para conocer el lugar donde se instaló aquel colono que le dio vida y nombre.

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La torre de la iglesia de Villamañán, que domina el paisaje de la comarca.