El alcázar de Valdés


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Fue el tío abuelo del Valdés más conocido el que mandó construir el Castillete de San Blas a orillas del río Boeza, en Ponferrada. Una casa de retiro de la que hoy sólo se conservan las torres neogóticas, muestra de la extravagancia de la alta alcurnia ponferradina y símbolo de poder mantiene intacta la magia de los castillos de hadas

MARÍA J. ALONSO
Hay varios castillos en el Bierzo pero ninguno como el de San Blas. Su ubicación en un entorno tan terrenal como mágico, sus torres neogóticas de corte similar a las del Alcázar de Segovia o a las que el mismísimo Walt Disney proyectó en su archiconocido castillo, el acentuado deterioro, su misterio y su historia lo hacen único. Fue mandado construir a finales del siglo XIX —en los últimos años de la década de 1880— por la familia Valdés, símbolo de la riqueza de quienes décadas más tarde se convirtieron en los principales mecenas de Ponferrada a través del testamento rubricado por el último de su linaje, Miguel Eugenio Fustegueras Álvarez Valdés (1899-1961). Era un lugar de retiro.

El Castillete de San Blas se erige sobre las aguas del río Boeza, en la carretera que une Ponferrada con Molinaseca, al borde del Camino de Santiago, en tierras de la pedanía de Campo. Pese a que el abandono, la maleza y el vandalismo han hecho mella en su extraordinaria belleza, aún conserva la elocuencia de sus años de esplendor y todavía cuenta la historia que la alta alcurnia ponferradina quiso proyectar en él. Rodeado por un inmenso bosque, ahora desaliñado y menguado por las talas, este particular castillete transporta a quien lo visita a un espacio de novela. No en vano, en él se desarrolla la acción principal de El hombre de la máscara de espejos, una novela negra de Vicente Garrido y Nieves Abarca.

Es, por lo tanto, un lugar perfecto para dejar volar la imaginación, porque en todo momento evoca a aquellos palacios de hadas descritos en algunos cuentos y habitados por seres tan misteriosos como fascinantes. Dos calificativos perfectamente atribuibles a la propia piedra que desde sus cimientos va dibujando en el aire su perfil. Hoy sólo quedan las torres —su seña de identidad— pero en sus orígenes y antes de ser pasto de las llamas, contaba también con una vivienda, un molino del que todavía quedan vestigios, un estanque hábitat de cisnes y otras aves acuáticas y hasta un embarcadero de acceso por aguas del Boeza. Sin olvidar, el todavía disfrutable mirador de vistas inmejorables enraizado sobre el río.

Fue el resultado de un sueño, el del tío abuelo del último Valdés, Daniel Valdés (1847-1908). Un hombre de mundo que fue diputado, senador y gobernador. Un hombre que importó rasgos tanto de la arquitectura como de la naturaleza de la que fue testigo en sus viajes no sólo en España sino al extranjero. Por eso, entre otras cosas, el bosque que rodea su castillo se caracteriza por una gran riqueza ecológica, sembrado de pinos piñoneros, olivos, encinas, arces, madroños, magnolios o laureles. Y de entre todos ellos, destaca el cedro de California o de incienso, que con sus 31 metros de altura está considerado uno de los árboles monumentales del municipio de Ponferrada.

Propiedad de la Fundación Fustegueras, este fortín neogótico y su entorno aguardan tiempo mejores. Quizás los que para él proyectó a su muerte su heredero, Miguel Fustegueras Valdés. Quería que la finca San Blas sobre la que el castillete se erige fuera, como lo había sido hasta entonces, lugar de cultivo, pero en este caso para alimentar a los residentes del asilo que en el mismo documento mandó construir.

Pero aún con todas las vicisitudes por las que ha pasado desde la década de los 60 y pese al deterioro actual —acelerado por la apariencia de suciedad que le imprimen tanto los grafitis como los plásticos que han sustituido a los cristales hechos añicos de los ventanales—, el lugar rezuma belleza, trasmite serenidad, sumerge al visitante en un estado de paz casi perpetuo mientras mira desde abajo la vigorosidad de la construcción sobre una peña y la frondosidad de la naturaleza que la envuelve. Todo ello acompañado de la melodía que emite el río Boeza. Sigue siendo un lugar mágico, una antigua residencia de retiro de la familia más poderosa de Ponferrada, abierta a un reducido grupo de personas de la confianza de los Valdés en aquella época. Un lugar que ahora cualquiera puede disfrutar y podría hacerlo mejor si su estado de conservación fuera otro.

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