El arriesgado sueño de las yolas


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Alineado en la franja marítima de la República Dominicana que aún no conoce la presencia de los turistas que miran hacia el Caribe, a pesar de sus playas inconfundibles y su belleza, Miches, cuyo eslogan lo define como ‘Modelo de desarrollo sostenible’, está proyectando su futuro respetando el entorno que hace de esta ciudad un verdadero paraíso.

ALFONSO GARCÍA

En la costa sur de la bahía de Samaná, abierta al mar Atlántico, Miches vive de la pesca, la agricultura y la ganadería. Con múltiples atractivos para el desarrollo del turismo eco-cultural, busca en la reflexión permanente de la preparación y la cultura el sustento que facilite ese camino: escuelas de oficios y hostelería, idiomas, fortalecimiento de las artesanías… y desde hace unos años, la convocatoria aglutinadora de ArteMiches, que en una de sus últimas ediciones respondió a la idea ‘Diálogo de las yolas’. Pensada y dirigida la cita por el escritor y activo cultural de la nación Sélvido Candelaria, los resultados de este encuentro que se ha convertido en referencia nacional, incluso internacional, están ya ofreciendo realidades muy positivas.

Minibuques de libertad

El mar ha sido, y es, una referencia universal para la huida. De la política o de la pobreza. O de ambas. Solo tenemos que traer a la memoria, como referencia desgraciadamente casi diaria, a los balseros cubanos, las pateras africanas o las yolas dominicanas… Son versiones idénticas de una arriesgada, e inhumana la mayoría de las veces, navegación hacia la libertad. El sueño de una nueva vida.

La razón que sustenta el riesgo de este viaje es, como en otros muchos casos, la económica, la penuria económica, con su consiguiente falta de oportunidades. Y Puerto Rico como destino, por la proximidad no exenta de dificultades, el idioma, la proverbial solidaridad puertorriqueña y una renta per capita muy alta si se compara, sobre todo, con los países del área del Caribe. Dada su relación con EE UU, similar a la de un estado de la Unión —los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses—, muchos entendieron la llegada a la isla como trampolín para entrar en Estados Unidos. El gran sueño americano. Sobre todo Nueva York es el ansiado sueño dominicano, el sueño de «cemento y cal», como canta Juan Luis Guerra, que relata la cara más dura de esta emigración. Es la ciudad con el mayor número de dominicanos fuera de Santo Domingo, un millón aproximadamente. Pero consecuencia de este sueño, no tan próspero a veces como se esperaba, ha hecho que el viaje en yola permita aumentar el número de indocumentados dominicanos en Puerto Rico. 250 000 dominicanos —hay quien eleva la cifra a 400 000—, entre quienes tienen los papeles en regla y no, hablan de su poder político a la hora, por ejemplo, de inclinar las balanzas electorales.

Durante las primeras décadas del siglo pasado los puertorriqueños emigraron a la República Dominicana. El camino inverso del viaje migratorio empezó en 1968, con tres jóvenes michenses que enseñaron la ruta, y sigue en la actualidad, aunque en menor cuantía, entre otras razones por el control a que está sometido y por la crisis de Estados Unidos, circunstancia que obliga al retorno y añade muchas dudas a la idea inicial de la partida.
Habría que subrayar, en este contexto, dos anotaciones. La primera alude a la actual emigración, más joven —entre 17 y 25 años—, de poca preparación y de origen fundamentalmente campesino. La segunda advierte del aumento a partir de la muerte de Trujillo (1971), especialmente de conservadores y trabajadores estatales. Esta última anotación no necesita especiales explicaciones.

Miches fue el principal punto de salida, junto con Higüey, Samaná, La Romana, Bocachica, Nagua… Desde puntos estratégicos de alguna de sus playas o del río Yeguada, en las cercanías de la desembocadura, en muchas ocasiones sobornando a la Marina, se calculan en 150.000 los que salieron de Miches.

La épica del viaje se inicia de noche en una yola, una pequeña embarcación de 5 a 6 metros —8 ó 10 personas ya son excesivos pasajeros—, plana, de pino blanco —menos pesada— o álamo. Pensada inicialmente para la pesca, y en excursiones cercanas a la costa, carece de cualquier comodidad y de luces. Ni de sistemas de navegación, con el riesgo, ante la dificultad, de quedar a la deriva. Solían tener dos motores: además del grande, uno pequeño por razones de emergencia. Es verdad que aunque la idea de yola permanece, se han ido mejorando las embarcaciones de los primeros tiempos. Algunas, de construcción legal, tienen la segunda intención de que el tamaño y las nuevas técnicas incorporadas permitan al dueño mayor enriquecimiento en futuros transportes humanos. Debido a su bajo coste, son notables los beneficios que reporta a quienes organizan estos viajes.

«Los yoleros son unos aprovechadores», se escucha en todo el país. Y es que, además, muchos de los que se añaden a la diáspora, procedentes de todos los estratos y rincones, han de hipotecar casa o terrenos, o ambas cosas y más, a fin de conseguir pagar el viaje, cuyo precio puede oscilar hoy entre los 800 y los 1.200 euros (entre 45.000 y 55.000 pesos). Si alguien es amigo, incluso conocido de quien organiza el viaje, puede haber una rebaja en el precio. Muchos se dejan llevar por las falsas promesas de una mejora en sus condiciones económicas, y por los argumentos de los organizadores de que dichos viajes ofrecen un considerable margen de seguridad.

Tres posibles desenlaces

Dos o tres días suele ser el tiempo que se tarda en cruzar la distancia entre República Dominicana y Puerto Rico (unos 160 kilómetros), dada la inestabilidad y las poco adecuadas embarcaciones. A este peligro inicial, las autoridades advierten de otros —y todos los emigrantes son conscientes de ellos—, que se resumen en tres posibles desenlaces: que los indocumentados caigan en manos de organizaciones de contrabandistas, la posibilidad de un encausamiento criminal y la pérdida de la vida en el mar. Miles de narraciones sirven de testimonio de todas y cada una de estas posibilidades.

Pero hay un peligro que supera a todos los demás. La pérdida de la vida en el mar se acentúa por la presencia del Canal de la Mona, un mar de desesperación y locura, que separa los dos países y que toma su nombre de la pequeña isla puertorriqueña (55 kilómetros cuadrados) de Mona. El canal —también lo llaman el Canal del Viento, pues en él convergen los cuatro vientos— ha cobrado la vida de centenares de inmigrantes debido a las fuertes corrientes y olas de más de 12 pies de altura durante todo el año, lo que acentúa aún más la debilidad de esas ‘cáscaras de nuez’ utilizadas para la travesía. La prioridad es usar el máximo espacio posible para alojar al mayor número de viajeros ilegales, con los consiguientes problemas de sobrepeso. Y los riesgos de perder el rumbo, quedarse sin combustible en medio del mar y quedar a la deriva. A los numerosos náufragos les esperan los tiburones que infectan las aguas del canal. No es de extrañar que a los que llegan a sus cosas, con el cuerpo molido pero lleno de esperanza, les llamen los ‘mojaditos’; otros ni siquiera alcanzan estas costas porque sufren el engaño del destino: a veces los dejan en las islas de Mona, Cayo Levantado… o en la propia capital de la República Dominicana, haciéndoles creer que se trata de San Juan.

Las anécdotas se multiplican dolorosamente por doquier. En ese diálogo de las yolas establecido en Miches, sin embargo, se subrayaron también las influencias mutuas y los beneficios de ellas derivados. No todos son aspectos negativos. El profesor universitario puertorriqueño Abenecer López ilustró estos aspectos en una conferencia realmente clarificadora. Además de las notables influencias culturales, las económicas. Se dice que el 10% de la población puertorriqueña es dominicana. Y que de ella llegan anualmente a su país unos 300 millones de dólares, que sirven como soporte de su reactivación. Hablo, en este sentido, con los hermanos Reyes, subidos en su día a una yola y hoy en Miches visitando a la familia. Esteban, defensor de los derechos civiles de sus compatriotas en Puerto Rico, emigró en una yola con otros veinticinco. Sólo dos consiguieron la meta. El resto fue deportado.

David, por su parte, salió de su tierra —eran 36 los que viajaban en la tradicional embarcación— el 10 de mayo de 1980.

«Yo no pagué el viaje –puntualiza-, porque contribuí en la búsqueda de motores». Tres días tardaron en llegar a Puerto Rico, donde permaneció durante ocho años. Después viajó a EE UU, donde vive actualmente. Ambos hermanos trabajan ya en algunos proyectos que permitan soñar un futuro más próspero a sus paisanos en su propia tierra. Es un sueño paralelo que empieza a echar raíces.

Cayuco, el escultor de la vida

Cayuco es el nombre que se da en algunos países de América a una embarcación india de una pieza, más pequeña que la canoa, con el fondo plano y sin quilla. Y es la palabra elegida como nombre artístico por Genaro Reyes, al que todos conocen como ‘Cayuco’. Más que por su nombre de pila. Con proyección nacional e internacional, Cayuco teje sus sueños en la casa-taller-museo en Miches, junto al río Yeguada, muy cerca de la desembocadura. Allí prima, además de la bondad y el arte, la naturaleza en su sentido más pleno. Y allí nacen, entre tantas otras piezas, réplicas de barcos, yolas y cayucos, embarcaciones que ha visto desde niño en su entorno. Y como toda su obra, independiente y figurativa, es personalísima e inconfundible. Además, retrata la vida y, como tal, siempre está cerca del pueblo, apegado a él como en realidad está Genaro Reyes. Comprometido con el pueblo. A nadie le puede extrañar, por tanto, que el viaje en yola al que nos referimos esté siempre presente en su obra, sorprendente por esa bella ingenuidad, aparente al menos, que vibra en lo genuino y auténtico. Cayuco, cuyo estilo es tan propio que se puede decir único, ha llegado a las raíces y desde ellas crea su propio arte. «Su sensibilidad creadora —ha escrito Marianne de Tolentino— se rige de la cotidianidad, por el medio circundante y la cultura popular. Saca sus fuentes de inspiración del ambiente que lo rodea. Él recuerda, representa y al mismo tiempo trasciende esa representación. De ningún modo, el artista juega un papel de decorador o artesano.

Sencillamente se otorga el derecho de sacar los modelos de la vida, la experiencia y el invento… comunicando a esas figuras tridimensionales un funcionamiento estético fuera de lo habitual».

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La pesca y el mar conforman la mayor riqueza de Miches, en la República Dominicana. Al fondo, varios kilómetros de playas prácticamente vírgenes. Río Yeguada, muy cerca de la desembocadura. Desde este punto partían muchas yolas buscando las cosas de Puerto Rico. ‘Cayuco’ es también el nombre artístico de Genaro Reyes. Los viajes en yola están presentes en su obra.