El rito de las bodegas


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Ponferrada es ciudad de ‘ronda’ y de ‘chateo’, y el casco viejo siempre ha sido un emblema en lo que a ruta de vinos se refiere. Pero hay más casco antiguo del que hoy transita la multitud, un compendio de calles únicas cuasi olvidadas que en su día cobijaron hasta 40 bodegas de las que únicamente sobrevive media decena.

MARÍA J. ALONSO

Recorrer el casco antiguo de Ponferrada es siempre una experiencia recomendable. Pasear entre callejuelas estrechas dominadas por la piedra, bajo corredores de madera engalanados con geranios y petunias, y entre casas de dos alturas que miran desde abajo el desarrollo urbanístico de la ciudad. El casco viejo cuenta historias de hoy, de ayer y de siempre. Historias de gente y de momentos, historias que durante años sobrevivieron al tiempo de bodega en bodega. Bodegas que fueron punto de encuentro, lugar de esparcimiento y segundo hogar. Llegaron a ser 40. Hoy sólo quedan cinco.

Antes de que el ‘chateo’ y la ronda de cortos de cerveza se repartiera entre Fernando Miranda y el entorno de las plazas del Ayuntamiento y La Encina; mucho antes de que el búho transportase hasta la Gran Manzana a los jóvenes ávidos de diversión y, desde luego, antes de que la música electro-latino dominase el ambiente de los bares de copas impidiendo cualquier conversación; antes de todo eso, las bodegas repartidas entre las calles Pregoneros y Cruz de Miranda, la plaza de San Lorenzo —vulgarmente conocida como plaza de los culos por sus esculturas—, la calle de La Obrera y el entorno del Hospital de la Reina eran puntos de referencia de la tarde-noche ponferradina.

Jóvenes y no tan jóvenes derrochaban allí sus horas de ocio, entre chatos y cervezas, chupitos —como el mítico leche de pantera de la bodega El Pescador—, pinchos de oreja, huevo cocido con pimentón, pan con lacón o cualquier embutido, caldo o sopas de ajo. Fue moda hasta hace más de una década. Era incluso el destino bianual de los estudiantes de los institutos el día que recogían sus notas e iniciaban las vacaciones de Navidad y Semana Santa. Se contaban por decenas, centenares, las personas que allí se citaban. Pero la moda pasó y a ello ayudaron tanto las restricciones horarias como los cambios en la normativa sanitaria, también la presencia cada vez más visible de drogodependientes. La diversión cambió su punto de referencia y las bodegas de siempre, regentadas mayormente por vecinos de la zona que las abrieron para complementar sus ingresos, cerraron. Comenzó el declive, el olvido y el abandono. Sólo cinco de ellas resisten, algunas con el aspecto de antaño, otras modernizadas; pero no saben cuánto aguantarán.

Las bodegas de El Pescador y de El Sordo (también conocida como la de La Oreja) son dos ejemplos. La primera abrió sus puertas hace 31 años y desde entonces ha constituido el sustento principal de su propietaria. La segunda tiene su origen en 1962, aunque su actual dueña la regenta desde hace 33 años. Son las más antiguas de las quedan abiertas y miran de reojo el pasado, intentando vislumbrar un futuro que no es el que imaginaban en los años de bonanza. Defienden la zona y sus posibilidades para la hostelería y echan en falta en Ponferrada un espacio de ‘ronda’ como el que ellos ofrecían. Recuperarlo sería un reto y lo cierto es que el marco es inmejorable.

Las bodegas ofrecen —como han ofrecido siempre— un espacio para labrar amistades, limar asperezas o crear proyectos; un lugar para hablar entre caras conocidas, jugar al futbolín o calentar las manos alrededor del ‘chambombo’. Todo sin prisas y con menos dinero. Y es que en la zona de bodegas del casco antiguo de Ponferrada los cortos de cerveza se sirven a 0,90 céntimos de euro y los chatos de vino 0,30 céntimos más baratos. Además, cruzar su puerta en dirección a la salida no te lleva frente a una tienda 24 horas, un locutorio o un aparcamiento repleto de coches; sino que te saca a calles con especial encanto —algunas más cuidadas que otras, eso sí, porque los grafitis lo empañan todo—, a los balcones floridos, a la piedra de las casas de dos alturas... a un ambiente diferente, alejado de la moda del ruido.

El casco viejo de Ponferrada cuenta historias. Historias de hoy, de ayer y de siempre. Historias de gente y de momentos que ya no corren de bodega en bodega. De momento, reposan en los marcos de fotos que cuelgan de las paredes de piedra de El Pescador, esperando recuperar vida.

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