Graffiti a ras de suelo


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Son los nuevos artesanos, jóvenes que transforman los objetos de uso cotidiano y los hacen más bellos. Como se hizo siempre. A mano. Con cabeza. Alfonso Bada abandonó el Graffiti para personalizar zapatillas, gorras y sudaderas pero su arte sigue en la calle. Por el suelo. En decenas de ‘bambas’. No hay una igual

SUSANA VERGARA PEDREIRA
A Alfonso Bada le cambió la vida Javi, un amigo. Le pidió que ‘tuneara’ su gorra y Alfonso le hizo una obra de arte. Con su nombre. Y ahí empezó todo.

Tenía experiencia. De joven, de más joven —tiene ahora 22 años— le entró lo que él llama la ‘edad rebelde’, el «no hacer caso a lo que te dicen», el Hip-hop «y eso», dice, y se lió a pintar las tapias de las casas abandonadas en Carbajal de la Legua, su pueblo. Esto era por 2005.

«Una chapuza al principio», recuerda. Pero aprendió. Y mucho. Arte en los muros. De ahí, ahora, a la tela. «Gano más, cuenta. «Es más barato», reflexiona. «Y menos perseguido», ríe. Hay poco más que añadir. Se entiende.

Ahora, en 2014, hace Graffitis a ras de suelo. Sus obras se mueven por toda la ciudad. Normal, van sobre las zapatillas de decenas de jóvenes. Amigos de sus amigos y así. Una larga cadena.

«Dejé la pared y me puse a las gorras», ríe aún más. De ahí ha sacado su nuevo nombre de guerra.

«Bada+Caps (gorras)= Badascaps». Como si fuera una fórmula matemática. «Y eso que fui un alumno normalito», confiesa.

Estudió el grado de Márketing e Investigación de Mercados en la Universidad de León y ahora compagina la personalización de prendas de vestir con su trabajo como Community Manager en la empresa de otros innovadores leoneses, FootDistrict.com.

Como está en lo que él denomina la ‘fase sensata’, piensa en dedicarse a ello. En su casa, apoyo total.

De lo que le decían sus padres cuando era graffitero ni se acuerda. «Pasaría de lo que me dijeran», se aventura a recordar. De lo que le dicen en su casa ahora hace mucho caso.

«Quieren que me dedique de lleno a esto».

Ahora son sus padres los que le meten caña. Quieren que pase del hobby al negocio y de ahí a una forma de vida.

Pasadas por sus manos, unas ‘bambas’ blancas acaban en un colorido diseño próximo al 3D. Él pone la idea (o se acomoda a lo que el cliente quiera), los materiales y, si se desea, el tipo de zapatilla. O sudadera. «Tú me dices el número de pie que usas, el modelo que quieres y el diseño que te apetece y ya está», explica.

Antes iba más a su aire, ahora sabe ya qué es el mercado. «Hay gente que quiere transformar sus New Balance o unas Converse o que se trae unas de marca blanca y buscan algo muy definido». No le importa. Por customizar unas zapatillas él cobra 20 euros. El calzado va aparte. Así es como ha echado a andar este ‘artesano 2.0’ que hace arte a ras de suelo.

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