La Abadía de Kylemore,
un paisaje de ensueño


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Irlanda es paisaje, historia, desoladora con frecuencia, y, sobre todo, cercanía de la gente. Gran parte de su geografía ofrece lugares para vivir sin prisas, entre los aires atlánticos y la belleza inmaculada de sus verdes. Esta realidad impone el inevitable acompañamiento de chubasquero y/o paraguas. Es una advertencia. Por si acaso.

ALFONSO GARCÍA

Paisaje con sentimiento es el que encontramos en la bahía de Killary, considerada el único fiordo existente en Irlanda, a las puertas del Parque Nacional de Connemara. Estamos en el condado de Galway, en la costa oeste y en el mismo paralelo que Dublín. Forma parte de la provincia de Connaught, cuya capital es la pequeña ciudad de Galway, a poco más de una hora de nuestro destino, la abadía. Hay que anotar, sin embargo, que en esta ciudad que, según algunos viajeros, «tiene un aire de España» —aún hoy con notable presencia—, el Arco de los Españoles, de 1564, recuerda la presencia de nuestros galeones, que llevaban especialmente alimentos, vinos y otras bebidas alcohólicas.

Cuando se llega al lago de Pollacapull, la vista de la abadía de Kylemore es un impacto visual difícil de olvidar. Al fondo, reflejada sobre las aguas del lago, uno advierte rápidamente la imagen conjunta de un lugar de privilegio, convertido en una notable referencia turística cuyo proyecto sigue enriqueciéndose.

Una larga historia

Originariamente la abadía fue un castillo cuya construcción esconde una historia de amor. El magnate y político inglés Mitchell Henry —representó a Galway en la Cámara de los Comunes durante catorce años— conoció a la irlandesa Margaret Vaughan, que, durante su luna de miel en 1850, quedó tan prendada de Connemara, que su esposo compró y le regaló este inmenso espacio en que nos encontramos y en el que construyó un castillo entre 1863 y 1868, favoreciendo notablemente la vida de los habitantes de la comarca. La felicidad de cuento de hadas que el matrimonio vivía en Kylemore se vio truncada por la muerte de Margaret a causa de la disentería contraída en Egipto durante unas vacaciones en 1874. Tenía 45 años. Mitchell volvió a Inglaterra y murió en Leamington en 1910, a los 84 años. Viejo y casi en la ruina.
Tras cambiar de manos en dos ocasiones —duque de Manchester y el banquero londinense Ernest Fawke—, el castillo se transformó finalmente en abadía: las monjas benedictinas irlandesas del monasterio belga de Ypres vendieron su convento en esta ciudad flamenca después de haber sido bombardeada por los alemanes durante la primera guerra mundial. Instaladas en Kylemore en 1921, acondicionaron el lugar como abadía bajo la máxima monástica de ‘ora et labora’ y efectuaron notables reformas e innovaciones. Siguiendo la tradición educativa de su orden, por ejemplo, dos años más tarde abrieron el internado internacional femenino, por el que pasaron, entre tantas, varias princesas indias, Angélica Huston o las hermanas Koplowitz. Cerrado en 2010, la comunidad benedictina sigue siendo el alma de la abadía y su entorno.

Dos paseos imprescindibles

Además de la estructura y disposición de la fachada y de su imponente vista, se pueden visitar algunas salas de la abadía y admirar muebles, vajillas, juegos, parqués originales, lámparas, escalera de roble, yeserías, galerías, arcos… Sólo si dispone de mucho tiempo, le recomiendo perderse, por caminos de montaña y a través de un viejo bosque, hasta llegar a la estatua del Sagrado Corazón, en poco más de una hora y con vistas fantásticas.

Lo que no ha de perderse son los dos paseos habituales.

Mirando hacia la fachada de la abadía, el primero le queda a su mano derecha. En un entorno boscoso y muy agradable, encontrará primeramente la ‘catedral en miniatura’, neogótica, réplica de la de Norwich, construida entre 1877 y 1881 por iniciativa de Mitchell Henry en memoria de su esposa, con los colores cálidos de mármoles locales que conforman un equilibrado conjunto de belleza y espiritualidad. Hoy es escenario de algunas celebraciones y conciertos. Poco más adelante, en el mismo contexto de admiración de la fauna y la flora del lugar, sin apenas desviarnos de la orilla del lago, el mausoleo donde reposa el matrimonio que un día diera vida a Kylemore. Para que no falte nada, puede cerrarse el paseo ante la Piedra de los Deseos, que algunos llaman también la Piedra de Planchar: se trata de una gran roca en forma de triángulo, frente a la cual hay cinco dedos de madera que emergen del suelo.

Cuentan que, colocado de espaldas a la Piedra de los Deseos, si lanzas una piedrecita hacia arriba y toca el vértice del triángulo, tu deseo se cumple. No olvide, claro, el deseo.

En dirección contraria, y pasando nuevamente frente al edificio central de la abadía, una senda conduce –se puede ir en microbús- hasta el espectacular jardín victoriano, tapiado, con plantas, flores, frutas y verduras perfectamente alineadas, autóctonas y otras que fueron introducidas en Irlanda antes de 1901. De gran extensión y un complejo sistema de invernaderos, cuidado con mimo en todos sus detalles, la pulcritud y el color dan no solo la idea de los modélicos jardines victorianos, sino una profunda sensación de sosiego y equilibrio en medio de una naturaleza pródiga y generosa.

Definitivamente, Irlanda es paisaje con sentimiento.

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Vista de la abadía de Kylemore sobre el lago y la catedral en miniatura, réplica de la de Norwich.