Un viñedo leonés con vistas al mar


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Ha cambiado los viñedos del Bierzo por los de Canarias. De un lugar mágico a otro. De un lugar privilegiado a otro. Se va con su marca, La Deriva, hacia donde le lleva la vida. Ahora le guía un viento, el alisio, que agita los viñedos del Canary Wine. Es su nuevo proyecto.

SUSANA VERGARA PEDREIRA

Qué no podrá hacer ese vino si hasta Shakespeare se lo hizo beber a un rey. Qué no podrá si hizo exclamar a Enrique IV: «Dadme vino canario, y tú, mi bien amada, reposa aquí». Si hizo brindar a un presidente de Estados Unidos y a un zar de Rusia. Si sanó. Si conquistó el Imperio Británico. Qué no podrá hacer entonces el Canary Wine.

Al leonés Rubén García Franco, director creativo y enológico del proyecto ‘Con mil amores’, le han llevado hasta él los vientos alisios y una vieja y loca idea romántica de cultivar vides auténticas, únicas, esenciales. Él cree en los vinos, en el poder de los mares y los vientos, en los océanos, en los viajes a la deriva, en los cultivos tradicionales y en esas laderas heroicas donde crecen las cepas de malvasía. Viñedos con vistas al mar.

Ha cambiado el Bierzo por una isla. Dos microclimas únicos, dos paisajes excepcionales para su gran pasión. Ha desembarcado en Tenerife para elaborar un vino penetrante, criado en la caldera de un volcán, magma primigenio que impregna la copa. La Deriva, se llama.
Una declaración de intenciones. Como uno de esos viejos bucaneros que atracaron en las islas y se enamoraron del perfume de sus caldos, como uno de esos viejos corsarios que llevaron el vino de mar en mar, comerciaron con él, se embriagaron bajo la bandera pirata, desafiaron al rey, impusieron su ley y volvieron. Regreso a la tierra para hacer de ella su patria y su bandera.

Rubén G. Franco tiene ahora vistas al mar y cultiva vinos con sabor a volcán, en cordón trenzado o a pie franco, cepa que no ha sido injertada y vive de sus raíces originales, en estado puro. Es trabajo en territorio hostil, en suelo de lava, poca lluvia y viento fuerte. Ahí, donde está la ilusión.
Con el pie a tierra, este enólogo leonés se ha empapado de la cultura isleña, vida pausada, poca prisa, mucha conversación. En las laderas tinerfeñas, de Tacoronte a La Orotava, a barlovento o sotavento, desde la orilla del mar hasta las cumbres que rozan el cielo a 3.700 metros de altura, ha estudiado esa otra forma de fundirse con la tierra, entre el sacrificio y la leyenda, esfuerzo mitológico que ha dado al mundo vinos únicos.
De ese caldo isleño se prendó Shakespeare, que derramó su sabor y su olor por toda su obra. Se lo hizo beber a reyes y sirvientes, enredó sus amores y retó sus muertes. Los conocía bien, pues cuentan que le gustaba tener a mano una copa. A él y a Alejandro I, zar de todas las rusias, y a Góngora, Spillmann y a Walter Scout y a Carlos III, que se hacía traer en sus navíos vinos de las Canaria, o a George Washington, que en noviembre de 1757 escribía a su querida Sarah Fairfax para que le proveyera del vino de Canarias que almacenaba en sus bodegas.
Cepas míticas que no se contaminaron con la filoxera, de tradición centenaria, que han sobrevivido 150 años, que se engrandecen en su viaje en barricas a través de la mar océana, la que surcó el almirante Colón.
Como los isleños, él los degusta en los bochinches, viejos tenderetes que montaban agricultores y ganaderos para vender sus productos, en los que se sirven comidas típicas y buen vino del país.
En esa aventura está Rubén G. Franco, que navega ahora a La Deriva, con rumbo fijo por las tierras del Canary Wines. Haciendo vino en la tierra de la lava.

Rubén G. Franco en una playa de lava negra de Canarias con una botella de su marca, La Deriva (www.laderivawine.com). DL
En los viñedos con vistas al mar de Tenerife. DL